martes, 22 de junio de 2010

LUCES QUE SE APAGAN




 Tengo para mí, y con el apoyo de la idea que maneja Umberto Eco,  de que estamos inmersos en una edad oscura (bueno, Eco habla de una nueva Edad Media, yo me quedo con lo más tenebroso del asunto).  Creo que a nivel global, y sobre todo a nivel nacional, la cosa está francamente fea, que vivimos en un mundo que ha extraviado esa necesidad de imaginarse mejor y que prefiere encerrarse sobre sí mismo, porque ha convertido a los otros en bárbaros y en lugar en tratar de entenderlos, prefiere cerrar su calle y chuparse el dedo. Pienso que va a mejorar más pronto que tarde, pero también pienso que se va a poner peor antes que mejorar ( y creo que los gobiernos panistas y el posible triunfo del PRI en el 2012, son señales de esto último).

Y como confirmación a mis temores, por tercera vez en este blog, hay que colgar una nota fúnebre.  Y ahora por partida doble. Ahogando el efímero momento de felicidad que se decidió regalarnos la selección, me entero de que se siguen apagando las escasas luces que teníamos en esta edad oscura y enlutan todavía más el ya de por sí lúgubre panorama que nos rodea.


La muerte de José Saramago le duele al mundo pensante y sentiente, le duele a los que todavía nos atrevemos, como diría Silvio, a seguir soñando travesuras (acaso multiplicar panes y peces). Faltan, siempre faltarán, personajes con esa luz interior y esa pizca de mala leche que el portugués nos convidaba. Faltarán siempre escritores que, a pesar de reconocer lo horrendo que puede tener en su interior el ser humano, terminen apostando por las fortalezas del mismo. Uno de los principales problemas de esta edad oscura es la falta de imaginación, ya no vemos otros caminos, ya no soñamos con otros mundos, ya nos da pena pensar en otro tipo de vida. Saramago era un imaginador de vocación, de tiempo completo, por eso su contrapunto a las avasallantes opiniones de la homogeinización y pasteurización del ser  humano se extrañarán enormemente.


Pero la muerte de Monsivaís, duele mucho más a nivel cercano, a nivel personal.  Y es que se necesitaba desesperadamente en la mitad de esta edad oscura, en este tiempo en donde la mercantilización reina sobre todo lo bueno, en donde el cinismo obscurece e incluso ridiculiza la necesidad de justicia y la posibilidad de creer en ese mundo mejor. La voz de Monsi era un extraordinario contraste entre la pléyade de voceros de "la modernidad" y los evangelistas del libre mercado. Su partida (y la de Carlos Montemayor, también dolorosa) nos deja casi a merced de los editorialistas de bote pronto y la iniciativa méxico (así, con miníscula).

Montemayor, Levi-Strauss, Gabriel Vargas, Saramago, Monsivaís. Que bueno que descansen en paz, que malo que abdiquen de su responsabilidad de seguir siendo luces en nuestra época de sombras. Que bueno que nos dieron momentos de espléndida lucidez y de necesaria irreverencia; que bueno que mantuvieron viva la indignación y la propuesta distinta; que malo que ya no nos acompañen a ver la salida del túnel.

Carlos Monsivaís murió, le sobreviven varios gatos, una magnífica colección de chucherías y una larga lista de cuentas pendientes con México, que nos deja para que cobremos.